ZINC-ONIX – El blog de Malena Zingoni-

Abriendo Puertas

De los peces Mueren Fuera del Agua I (Él)

peces mueren fuera agua 

  Contame tu condena,

  decime tu fracaso,

ÉL

Siempre se habia sentido raro, en el colegio, en las fiestas, en el club al que su madre lo obligaba a ir cada sábado. A lo largo de su vida y a cada encuentro confirmaba tortuosa y larvadamente su sentimiento de inferioridad. Por más que se esforzara, por alguna maldita razón sentía que no se merecía estar. Se sentía tan distinto,se sentía fuera del mundo. “Yo no soy de este mundo” le gustaba recordar, pero sabía que esa frase mesiánica era solo una excusa para sentirse un poco mejor. Los “demás” eran según él tan diferentes, ellos estaban contentos con lo que la vida les habia dado, no manifestaban ni una de las dudas que a él lo torturaban cotidianamente.

Ahora tenía tiempo para pensar y eso no le gustaba, su mente no paraba, como esa rueda que mueven inútilmente los roedores encerrados con la certeza de huir.

Tenía la sensación de haber perdido el poder sobre su vida, sobre el motivo de su existencia; al fin y al cabo no había realizado ninguno de sus sueños de juventud, simplemente fue cambiando de metas, dejó los sueños de alto vuelo por simples deseos como tener tranquilidad, estabilidad y si es posible una casa con jardin y un coche seguro. Hacía muchos años que se dejaba llevar por la corriente. ¿Cenamos juntos? -Sí cenemos. ¿Hacemos esto? -si hagámoslo. ¿Vienes hoy? -si voy. Su vida social era bastante aceptable y lo hacía sentir de alguna manera establizado, protegido, amado. Vivía rodeado de gente como él, gente que los sábados a la noche cena con amigos como él, que viven en casas como las de él, que están casados hace años como él, que tienen coches, hijos y trabajos como los de él.

Pero ahora se machacaba porque los mejores años de su juventud ya habían pasado y no recordaba nada en verdad relevante. Por otro lado, pensaba que su vida era una fluída corriente y que a su manera, era feliz. Si ser feliz era vivir sin sobresaltos, tener una familia y un trabajo estables, dormir sin ayuda farmaceútica, pasar los días y las noches sin drogarse, poder ir de vacaciones, él era feliz.

Sus esfuerzos, sus deseos, su trabajo, sus amistades, su familia, sus sueños, los había fundido en la quietud de su existencia.

Pero aún en su inerme felicidad, sentía un vacio constante que se cebaba con su estómago estrujándolo como un puño, justo debajo de las costillas.

Estaba en crisis ¿la famosa crisis masculina de los 50? Si era eso, a él le había llegado algunos años mas tarde.

Llevar a lavar el coche, que en realidad no estaba tan sucio, ir a comprar un enchufe para tener más cerca de su escritorio el cable del ordenador y que no colgara, ir al correo a enviar una carta que podía mandar por fax y un sinfín de tareas artificiosas, aparentemente urgentes, le aliviaban su nada cotidiana. A veces, cuando perdía toda la mañana en ir a la ferreteria o al correo se preguntaba si lo que estaba haciendo era realmente necesario y si no podia en su lugar hacer algo mas trascendental. ¿Y si me muero ahora? Pensaba. Una sensación de vacío siempre volvía a aparecer.

Buscaba respuestas a su estado de ánimo y buscó en su pasado. De chico lo habían agarrado de los pelos y llevado a otro país; nunca le habían preguntado si quería dejar la tierra en la que había nacido, tampoco le preguntaron si le gustaba su nueva casa, su nuevo idioma, su nuevo colegio, sus nuevos compañeros. Habían empezado a decidir por él.

Por eso ahora creía que necesitaba atrapar lo que, en algún momento, le perteneció: los diluvios del verano, el olor de su tierra húmeda, los cantos de los pájaros que escuchaba cuando se despertaba y que en ningún otro lado había escuchado, las luciernagas que iluminaban la oscuridad del campo.

Había sacado la conclusión de que nunca se pudo adaptar al país donde lo habían llevado. Con ello se complacía pensando que había descubierto el verdadero problema de su mal: “aquí nada me pertenece, creo que siempre tengo que justificarme por no hablar de tal modo, por reir a destiempo, por seguir buscando las luciernagas en la oscuridad; aquí debo justificarme por existir” concluía. Pero ya habían pasado muchos años y el “allí” y el “aqui” se habían estrechado tanto que eran impercetibles, más bien los había moldeado de tal modo que su pasado y su presente se confundían. Allí se había convertido en Macondo, todo era nada en comparación de la tierra mojada que lo escuchó nacer.

Nacer, se había olvidado que en algún momento había nacido de un vientre hinchado de generosidad, por momentos se había olvidado de que vivía en una tierra loca, que lo alimentaba, que giraba alrededor de un sol vital en medio de un universo oscuro, perdido con millones de seres que se habían olvidado de lo mismo. Se sorprendía pensando ciertas cosas, y se sentía ridículo, todo era ridículo, él, la tierra, el universo, la vida, nacer, morir.. tal vez morir, para él, era lo único que cobraba sentido.

Estaba tan harto mundo real, del “aqui” que prefirió dejarse llevar hacia otra dimensión. Empezó a leer libros de espiritismo, de meditación, de viajes astrales, de magia blanca, y luego terminó leyendose completamente la biblia, del Génesis al Apocalipsis.

Su libro preferido de la biblia era El Eclesiasités, un hombre desilusionado de todo, que solo en Dios termina econtrando consuelo. Su verso preferido era:

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora:

Tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado;

tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de construir;

tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de estar de duelo y tiempo de bailar;

tiempo de esparcir piedras y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar y tiempo de dejar de abrazar;

tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de arrojar;

tiempo de romper y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar;

tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra y tiempo de paz.

Lo escribía a mano en cualquier papelito que encontraba (el decía que era para ejercitar la memoria) y los usaba como señaladores para sus libros. Se dio cuenta con una cierta preocupación de que no había tiempo para todo como puede parecer, si no algo bien distinto y fatal:  cada cosa tiene su tiempo. Parece lo mismo pero no es igual. Para él el tiempo de los sueños ya había acabado, ahora era tiempo para otra cosa, ¿pero, para qué?

Había tenido tiempo de llorar pero no había llorado, habia tenido tiempo ara abrazar pero no había abrazado, tiempo para bailar pero no había bailado.
Pero la peor sentencia no tenía apelo: lo que él creyó no elegir, en cierto modo lo había elegido. Su fragil felicidad se quebraba ante un estado de insatisfacción permanente.

Sentía envidia. La envidia variaba, a veces por las parejas que se amaban descaradamente en la calle, a veces por lo ricos y famosos que veía en la televisión, a veces por los que consideraba que vivían mejor que él. Cuando tenía envidia se mordía el labio inferior y un escalofrío le recorría el cuerpo; rezaba para no sentir envidia, pero cada vez era más intensa e insistente.

En algún momento había ideado varios proyectos, según él geniales, pero no había hecho realidad ninguno de ellos. Él se consideraba pusilánime. Había nacido con un gran sentido de la crítica per sin ningún talento y sus allegados no dudaban en recordárselo cada vez que podían. Su cuñado, que él consideraba un idiota, cada vez que lo veía le repetía riendo, la frase: “Es mejor una mala decisión que la indecisión permanente”. Era una frase que un día, dejándose llevar por el vino, él mismo había dicho acerca del estado de indecisión en su vida, pero también había hablado sobre la presión social que soporta el individuo moderno, su falta de libertad y sobre la alienación a las que nos tiene sometidos la estructura social actual; fue una confesión a destiempo, vomito su ser, pero se equivocó de público. Le pasaba seguido, por eso cada vez veía y hablaba con menos gente, salvo de banalidades inevitables como la actualidad nacional, los hijos y las propias experiencias que no superen el límite de lo demasiado-íntimo o demasiado-intenso. Su cuñado, era el prototipo de hombre que él rechazaba, autoritario, jerárquico, con escasa imaginación, de comentarios aburridos y previsibles; su cuñado era el burro de carga de su familia, como lo era él también, pero la diferencia era que su cuñado estaba feliz de serlo.

Su familia lo toleraba cada vez menos, el sentía que lo rechazaba. Pero ese repudio social no era más que un reflejo donde se lavaba la cara cada mañana. Sus familiares no terminaban de entender si era un cínico indiferente o un estúpido inadaptado El mismo dudaba de su inteligencia. ¿Era brillante o era un simple depresivo? ¿era más racional que todos los ilusos? ¿Quien tenía razon? ¿Porque nadie tenia las dudas que lo atormentaban? ¿Por qué nadie hablaba de la opresión que se siente en el  pecho por la inseguridad más absoluta? ¿Qué sentido tenían sus vidas? ¿nos econtrabamos en esta absurda locura para ir a trabajar todas las mañanas? ¿Para pasar el ochenta por ciento de la vida dentro de un coche o en un atasco? ¿para vivir sexualmente castrados? ¿para complacer a nuestros familiares? Había trabajado más de 30 años, cada mañana, el mismo ritual, cada año el mismo ajetreo. Ahora no situaba tan bien las cosas que había aprendido, todo estaba fuera de cuadro, como desenfocado. Había perdido el sentido de lo que se llama “realidad” y su cotidianeidad le era extraña.

Su familia siempre lo tildó de raro, pero ahora notaban algo en él que no habían notado antes. Sonreía cada vez menos y su ironía se había convertido en un cinismo no digerible. Su hija, que era con quién mejor se llevaba da le familia, le preguntó un día que le pasaba. La comunicación entre los miembros de su familia nunca era frontal, hablaban, pero de las cosas que les pasaban durante el día o al máximo en la semana, no de las que les pasaban por la cabeza o por el estómago. En su casa se evitaban conversaciones que contuvieran sensaciones o sentimientos, las apreciaciones personales no debían ser compartidas, ni los sueños, ni los pensamientos más recónditos. Por eso, que su hija le preguntara como se sentía implicaba un gran esfuerzo de su parte y una alerta para él porque significaba que estaba exteriorizando demasiado sus sentimientos. Él no respondió. Ella volvió a insistir y explicando mejor su pregunta le dijo que ella y su mamá estaban preocupadas por su actitud ¿Que actitud? dijo él, arrepintiendose enseguida porque así daba más cabida a la conversación. “No sé papá, estás raro… quiero decir, siempre fuiste un poco rarillo (y sonrió) pero ahora estás más raro”. “No hija, no tengo nada, quedate tranquila y decile a tu mamá que no se preocupe, que soy el mismo raro de siempre” (tratando de sonreir); se levantó y se fue a la cocina y preguntó a su hija si quería unos spaghetti, que iba a cocinar.

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 14 abril, 2013 por .
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: